La curandera de Valverde.

Primer Premio I Certamen Relato Valle del Ambroz."Erótica,diversa e igualitaria".

Hervás. Valle del Ambroz. Cáceres. 2019.

Una mariposa.

Finalista III Certamen #MicrocuentosLS del XXIII Festival Internacional del Cuento de Los Silos.

Los Silos, Tenerife. 2018.

El gusano reptó por el orificio de la pistola. Cuando despertó, apareció convertido en mariposa en el estómago de la enamorada.

La podredumbre del ser - Canto a la vejez-.

Primer Premio XXVI Certamen de Poesía de Primavera de Les Clotes Luis Chamizo.

Vilafranca del Penedès. 2018.

 

(I)Reflexiones de un viejo extremeño al borde de la muerte.

 

…Viajé desde tierras extremeñas hacia el mar

y fui farero.

Y antes de morir recordé la vieja encina que plantó mi abuelo.

Ahora es fuerte y vigorosa.

 

(II)La importancia de lo longevo.

Aún siguen haciendo falta los faros en la mar.

Y las cabañuelas, y la sabiduría popular,

las pancartas, los brazos en alto y el gritar.

Aún siguen haciendo falta.

El mirarte a los ojos recordando los púberes paseos por Montánchez.

La luz de mi linterna que inhiesta atravesaba tu neblina.

¿Acaso viviría una caracola sin su música interna?

¿Acaso podría navegar tu velero sin mi luz?

 

 

(III)La vejez.

¿Y si la vejez fuera un vetusto faro en un mar cargado de olas?

¿Y si fuera una ola cargada de ostras?

¿Una ostra cargada de perlas?

¿Una perla pulida de diamante?

¿Un diamante de nácar brillante?

Entonces, todos querríamos ser ancianos.

 

(IV)La podredumbre del ser.

Hay viejas con arrugas y viejos que no tienen pelo.

Y niños con leucemia de puntillas por el cielo.

Luego estoy yo que me voy deshaciendo entre olas

guiando a barcos cargueros.

Y en la urdimbre de mi espera

mi luz se va apagando en la noche sin luna.

Y desnudo me miro en el espejo del océano dormido

como Narciso arrojándose a las aguas.

Y veo a un faro con arrugas, a un viejo que no tiene pelo,

a un niño con leucemia viajando hacia la muerte.

 

(V)Cementerio.

Esta mañana amanecí en un cementerio de amasijo de hierros,

de mejillones sin concha, de lucios sin escamas.

En medio de un mar sin libertad.

Y bajo la sombra de mi herrumbre me fui muriendo.

Se fue muriendo el capitán del velero.

Se fue muriendo la noche sin guía.

Se iban muriendo el buque y el carguero.

Y en la agonía de mi espera

─tajantemente─

yo seguía pensando que aún hacía falta en este mundo.

 

(VI)Faros apagados.

Hay caracolas llenas de vacío y mares vacíos de olas.

Hay faros muertos sin luz y luces encendidas sin luciérnaga.

Y la vida oxidada en las uñas del que naufraga mar adentro

arañando la muerte carcomida.

Hay fareros que ya no son fareros y hay faros apagados casi muertos.

Hay sirenas que ya no nadan, náufragos que no naufragan

e hipocampos vestidos de miedo.

Plásticos flotando en un mar hirviendo ─como si fueran medusas ─.

Y el mar sigue de luto por la muerte del faro

mientras emana un reguero de lágrimas muertas.

 

(VII)Muerte.

El faro ha muerto esta mañana con el frescor de la alborada.

Lo han cerrado a cal y canto los enterradores de almas

─(y los nuevos inventos: satélites y cartas náuticas)─.

Si Miguelillo* resucitara volvería a escribir los mismos versos

con un nudo en la garganta:

─”…tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por dolerme me duele hasta el aliento…”─

Azufre en sus ojos, salitre en las pestañas,

ha quedado ciego y somnoliento.

 

(VIII)Resurrección de un faro (in)servible.

…y alumbraré con mi linterna

el enjambre de barcos muertos con sus náufragos.

Y entonces sabrán que aún sigo sirviendo para algo…

 

*Alusión al poeta Miguel Hernández y su poema Elegía a Ramón Sijé.

 

 

 

 

La matanza.

Primer Premio  Certamen de Poesía Lobón 2017.

Lobón. Badajoz. 2018.

La vieja arrugada extremeña barrunta algún mal presagio

mientras corren las gallinas desplumadas por los campos.

Cochinos para el engorde comen bellotas

marchitas

y hombres cocinan migas, zorongollos y gazpachos.

Escobones humeantes, cuchillos de jierro y plata,

la muerte acecha de nuevo

sale jumo entre las pajas.

Tres calderos de agua hirviendo y mujeres con cucharas

tiñen sus manos sangrientas como el vino de pitarra.

Llega el guarro por la plaza maniatado y asustado,

un experto matarife clava el gancho por la espalda

con tal mala suerte que el cerdo desata sus cuatro patas

y el hombre sin darse cuenta clava el jacha a una muchacha.

¡Oh Virgen de Guadalupe! ¡Qué desgracia, Virgen Santa!

que es mi mujer serrana la que muere desangrada.

Y el pobre animal desnudo corre fiero por la plaza

y otro hombre lo dispara en señal de fiel venganza.

Corren regueros de sangre del color del pimentón,

rojo escarlata de muerte tiñe el pueblo de dolor.

Ataúdes y cipreses y una corona de flor

y cien cuervos, y una misa y otra ruptura de amor.

 

Canta el viudo en Lobón

cuando llega la matanza.

Canta el viudo poemas tristes

cuando piensa en su serrana.

 

 

Y ahora somos viejos.

Primer Premio XVI Certamen de Cartas de amor y desamor del Ayuntamiento de Gines.

Gines. Sevilla. 2018.

Ahora ya estoy viejo y arrugado y aquí me tienes, recordando nuestro amor ya casi muerto.

Recuerdo el día que nos conocimos, te fijaste en mí en la tienda de flores y semillas de la Mari, muy cerca de la calle de la Parra. Nuestro amor siempre ha olido a flor, a verbenas y jazmines, a alegrías y violetas, a tierra mojada después de la lluvia, a madreselvas y romero.

Crecimos juntos, sí. Demasiados años pendientes el uno del otro. En los días de riguroso sol me invitabas a un refresco, nos sentábamos en medio del olivar y siempre tenías ese vasito de agua fresca y clara que tanto me gustaba. Yo entonces sacaba pecho y te abrazaba con mis robustos brazos. Tú, casi al mismo tiempo me acariciabas suavemente con tus finas manos que fueron convirtiéndose en hacendosas y expertas herramientas de trabajo.

Te convertiste en la mejor campesina de aquestos lares y nuestro amor comenzó a entretejerse como se entrelazan las enredaderas en los muros, como se aferra el musgo a la roca y como la raíz se hunde en la arena, profundamente.

Recuerdo el día del primer presente, ese que te hizo sonreír por primera vez. El símbolo de nuestro amor. Cuando apareciste aquella mañana de junio al alba te sorprendí con los pendientillos de esmeralda que tanto te gustaban: redondos y pequeños. Fue cuando cayó tu primera lágrima. Y así, cada mediados de junio, te regalaba aquellos pendientillos que tanto te gustaban.

Una vez llegado el frío invierno, comenzaba nuestro letargo. Tú te marchabas a la ciudad con ese hombre con el que te casaste un día de Todos los Santos y yo quedé solo pensando en nuestro reencuentro, en nuestras caricias, en aquella sensación de abrazo cuando me tocabas con tus finas manos. Y cada año se repetía la misma historia: en invierno el letargo, esperando con ansia una nueva primavera, como la orilla de una playa espera el rumor de las olas.

Después vinieron los hijos: tres mujeres y dos hombres. Paseabas junto a ellos por la hacienda. Y él. El hombre que pudo abrazarte con el frío mientras yo, casi desnudo, lloraba nuestro amor clandestino, en el mismo sitio donde me jurabas tu amor y admiración. Solo yo, perdido en la sierra.

                                                                                     ***

Este año nuestro amor ha muerto para siempre. Te estuve esperando cuando florecen los almendros, tuve esperanza de que volvieras con la rojez del cerezo, e incluso esperé a que, con la llegada del sofocante calor, volvieras a convidarme con tus vasitos de agua. Pero siguieron pasando los meses y jamás regresaste. Te guardé los pendientillos esmeralda de aquel año que morían por tenerte, pero aquel año no apareciste.

Y yo iba muriendo de pena, me iba arrugando como se arrugan los seres podridos y con falta de amor. Mis brazos caían cabizbajos, mi figura era desgarbada y depresiva, como un alma en pena.

Y fue un catorce de febrero cuando regresaste y volvimos a vernos, yo apenas tenía fuerzas pero reconocí esos ojillos negros de soslayo, volví a admirar esas delicadas manos y sentí tus labios de carmín y tu corazón latiente. Éramos ya viejos, sin fuerza, casi con el alma encallecida por el paso del tiempo. La vida es breve, como la estela de las estrellas fugaces que me alumbraron cada noche de san Lorenzo. La vida es un suspiro.

Fue aquel catorce de febrero cuando de repente, cuando me mirabas con resignación, dejaste de vivir. Palideciste como palidecen los algodonales. Rostro níveo, corazón muerto. Dejaste de latir. Un paro al corazón, justo enfrente de mí. Y yo no pude hacer nada por salvarte. Fue entonces cuando se me heló el alma, mi sangre dejó de correr por mi cuerpo, la savia era ya vieja, casi envenenada por la soledad. Y es que soy ya un árbol viejo, un olivo sin fuerza, sin pendientillos que regalarte porque las aceitunas que tanto te gustaban ya palidecieron y no son ya esmeralda sino del color de la ceniza. Frutos arrugados sin sabor, tronco ajado y consumido por un cáncer que hace secarme para siempre, solo la carcoma se alimenta ya de mí.

Solo puedo agradecerte que te fijaras en mí aquella mañana en la tienda de semillas de la Mari, que me trajeras al campo con todo tu cuidado y me plantaras junto al resto de árboles que ahora parecen plañideros. Te agradezco que en días de sol me regaras con ese agüilla clara del río y que cada mes de junio, cuando brotaban mis primeros frutos, sonrieras como la primera vez.

Ahora aquí estamos tú y yo, frente a frente, un catorce de febrero muertos en el olivar. Nuestros corazones se han parado y mis aceitunillas ya podridas caen al barro como si fueran lágrimas. Y todos los olivos que nos vieron, lloran por nosotros, y lloran las nubes, y lloran los grillos y los cuervos vuelan en el olivar y los buitres carroñeros se aprovechan de nosotros. Muertos, amada mía, campesina que me cuidó, yacemos en la tierra que nos vio envejecer, y nuestros cuerpos se van pudriendo convirtiéndose en humus y nitrato. Ten por seguro, amada mía, que en este olivar siempre yacerá el amor porque nuestros cuerpos ya muertos se van deshaciendo juntos en el barro y de él nacerán nuestros hijos, aquellos que jamás pudimos tener.

Duerme amada mía, que yo dormiré contigo en la tierra de nuestro olivar. Duerme amada mía, que en primavera la vida volverá, las margaritas despertarán rabiosas y los olivos brotarán sobre nuestro lecho.

                                                                                             Siempre tuyo, tu olivillo fiel.

 

 

 

 

 

 

 

Flores para un mundo convulso

Tercer Premio I Certamen de Poesía Blas de Otero del Ayuntamiento de  Madrid. Distrito de Moncloa-Aravaca.

Madrid. 2017.

“Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra”.

BLAS DE OTERO

 

 

(I)Una jauría de versos negros. Revuelta estudiantil.

Corren estudiantes en Ciudad Universitaria

delante de una jauría de versos negros.

De ortigas que se enredan.

De epitafios que no deberían haber sido

y lo fueron.

De uniformes grises

y corazones rotos.

Qué mejor arma que las palabras.

Qué mejor palabra que los versos.

Qué mejor verso que el amor

para seguir viviendo

libremente.

 

 

(II)Desnudando mentes vestidas de ignorancia. La guerra.

...y seguirán cayendo hojas

en el Parque del Oeste.

Desvistiendo árboles,

desnudando mentes vestidas

de veranos sin sombra

e ignorancia.

Y entonces llegará el otoño.

Y un puñado de versos tristes deshojados

para frenar esta censura que nos mata.

 

(III)Soldados de plomo. Las tropas avanzan desde la Casa de Campo.

Eterna ciudad.

Si miráramos con los ojos de un niño

no serías lo que eres.

Serías una llanura de amarantas

y tu Casa de Campo un pasto verde esperanza.

Ciudad nodriza amamantadora

de dinosaurios de cerviz ciclópea

—pongamos que fuera el Faro de Moncloa—

esbelta como una jirafa

mirando al Cerro Garabitas

desde la soledad de tu asfalto inerte.

E inermes, alzan los brazos sus gentes

mientras la guerra se come a la urbe

— como Saturno devorando a su hijo —.

 

Si miráramos con los ojos de un niño

no serías lo que eres.

Los soldados serían muñecos de plomo

y sus disparos fuegos artificiales en la verbena de San Antonio.

Y con el toque de queda

todos correrían al refugio

como liebres a su madriguera.

Como cuando jugabas a ser gigante ante el hormiguero

de hormigas muertas.

Y tras la guerra

habrá muertos en la cuneta

que para ti serán princesas dormidas de cuento.

Y entonces vendrán los colores:

Azules,

rojos

y marengos

que para ti serán soldaditos de plomo.

Y ondearán banderas

que tanto daño hicieron

— y siguen haciendo —.

Y envolverás tu cuerpo con ellas

creyendo volar con tu capa

como un superhéroe

montado a lomos de tu dinosaurio de ciudad

 — inocentemente —.

Y desde lo más alto llegará el fin.

Llegará tu fin

niño triste de ciudad.

Y solo así acabará la guerra.

Se cerrarán las puertas

y escaparás por la ventana.

Y un campo de lirios muertos

brotarán de los alcorques

y volverán amarantas y ciclamores

y un puñado de flores para un mundo convulso.

Así quedará la ciudad.

En paz.

Pero sin ti.

 

(IV)La Rosaleda de Ramón Ortiz. Un ramillete de rosas para el recuerdo.

Un ramillete de rosas sin espina

para la miliciana que sufrió la guerra,

para el niño que no pudo crecer,

para modistillas cogidas del brazo de San Antonio

mientras soñaban con casamientos y alfileres

y sus sueños volaron a un hipogeo sombrío

y solo.

Un manojo de tallos limpios

para los que ensuciaron con sangre la ciudad,

para los que jugaron a ser soldados,

para los que mataron.

Porque la revancha es mejor con flores frescas

y sin balas.

Con rosas sin espina.

Con besos en bandeja de plata.

Y en el Jardín de la Rosaleda brotarán nenúfares

y brotará el agua de la Fuente de la Juventud

como un manantial de vida.

Y una ninfa pétrea dormirá en las laderas de sus pétalos.

Y habitarán cientos de flores disímiles de colores:

la Guirlande d´amour,

la Condesa de Mayalde,

la Frisson Frais,

la Rosa Blanca.

Porque en la diferencia de la flor reside su belleza.

¿Acaso deshojarías una rosa negra por no tener olor?

¿Acaso acabarías con su vida?

 

(V)Petricor. Después de la guerra.

...y el petricor perfumará la tierra

que serpentea a su paso por el arroyo Antequina

justo después de la tormenta de balas muertas…

Los últimos libros eróticos

Finalista Certamen Sensaciones y sentidos III de la editorial Diversidad Literaria.

Madrid. 2017.

 

Tras la guerra todo quedó desolado. Los sabios decidieron guardar en una urna los últimos libros eróticos que quedaron: Lolita de Nabokov, Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade y Las Cartas eróticas de Joyce. También introdujeron besos, caricias lascivas y juguetes eróticos. La urna solo podría ser abierta por los que defendieran el amor.

Y solo así acabaron las guerras.

 

 

Amaneceres, malandanzas y realismo mágico.

Finalista Certamen Escritores al alba II de la editorial Diversidad Literaria.

Madrid. 2017.

 

Leopoldo Biencito salió corriendo calle abajo. Estaba cansado de inviernos sin sol, días sin amanecer y veredas envueltas en tiniebla. El realismo mágico del libro en el que él era el protagonista había quedado relegado al olvido y bien sabía que moriría en el último capítulo. Escapó tan aprisa que saltó a un libro de relatos donde el amanecer aparecía en cada página. Allí comenzó su felicidad.

 

La vieja Rosario (Crónica de un barrio)

Segundo Premio I Certamen de Poesía Gloria Fuertes del Distrito de Usera.

Madrid. 2017.

La gente dice:
«Pobres tiene que haber siempre»
y se quedan tan anchos
tan estrechos de miras,
tan vacíos de espíritu,
tan llenos de comodidad.

GLORIA FUERTES.

 

(I)Torre de Babel.

Una Torre de Babel se erigió

sempiterna

en el centro del barrio.

Rueda el salicor en verano

a través del alquitrán de la calle silenciosa.

Mientras

una familia de chinos coloca farolillos rojos en

la avenida donde vive la vieja Rosario.

Todas las bisagras de su casa están cansadas de

inhalar vida y exhalar miseria.

Cuando llegó al barrio de adoquín y

ultramarinos —allá en los ochenta— todo era marengo.

Luego vinieron chinos y latinos y volvió a entrar aire en su ventana.

Trajeron el color de la llama ocre, amarilla, de

un matiz alegre que hizo que llegaran gorriones y

ruiseñores y oropéndolas, y en la

algarabía de su barrio polícromo

la luz iluminó Usera.

(II)Cónclave de farolillos rojos.

La vieja Rosario ha visto mucho

y no ha visto nada.

Ha visto cambiar el barrio:

de la chapa a los ladrillos,

del ladrillo a la pizarra

mientras remienda su mente

y recuerda, —ausente—,

en el entredós de sus cortinas

cómo las vecinas pasean hacia

el cónclave de farolillos rojos

donde antes había pan de hogaza

y tiendas de ganchillo.

Ahora una niña china llora

con sus trencillas enredadas que

emulan una ristra de ajos de las que vende

el gitano en la puerta del mercado.

Sonríe la vieja a través de su ventana

recordando recuerdos en el entredós del tiempo,

recordando recuerdos olvidados,

olvidando recuerdos desgastados.

Que van

                                                 y vienen.

Que vienen

                                                        y van.

Como un vaivén.

Cuando llegó al barrio de adoquín

con su canasto lleno de ilusiones

y dos gallos bajo el brazo.

Ahora cacarean en un nuevo año:

desfile de dragones esmeralda

y un batallón de asiáticos bailando con gitanas y rumanas.

Huele a ramitas de romero,

a incienso, a curry, a té verde,

a abrazo fraternal de Babel.

Los goznes oxidados de su ventana chirrían

al son de flautas de bambú

y su piel erizada se desgasta

al son de los años

mientras el barrio baila cumbia,

mientras remienda su mente.

Y recuerda, —ausente—,

en el entredós de sus cortinas

cómo las vecinas pasean hacia

el cónclave de farolillos rojos

donde antes todo era gris

y ahora luce el color de su gente.

Y en el entredós de sus cortinas

muere la vieja Rosario,

sonriente,

mirando a su barrio de frente.

La muerte siempre llega.

Fría.

Irremediablemente—.

 

 

(III)Cielo.

La vieja Rosario vuela a un cielo cóncavo

abandonando el salitre de alquitrán muerto

mientras divisa el verdor de Pradolongo

y el resplandor del dorado de los rostros chinos

en Marcelo Usera.

Cabalgan en aceras bermellón confeti,

celebrando el año del Gallo

mientras cacarean almas náufragas de ciudad

en el salitre del alquitrán muerto,

cálido,

cansado.

Desfilan como antaño desfilaron en patera,

o a través del Sáhara,

o en la Gran Muralla,

atravesando el Ganges,

o el Amazonas,

o los Cárpatos,

o Tombuctú.

Todos llegaron arrastrados por olas

y ahora conviven

en el salitre del alquitrán muerto

mientras la vieja Rosario se marcha

volando a un cielo cóncavo,

dejando Usera

y cualesquiera que allí quieran convivir

con el deseo del abrazo eterno.

¿Acaso todo se ve más claro desde lo alto?

 

 

 

Brotarán candelas de la encina.

Primer Premio XXV Certamen de Poesía de Primavera de Les Clotes Luis Chamizo.

Vilafranca del Penedès. 2017.

«La Tierra no está para muchos trotes

 está cansada.

Cuando entierran en ella

niños con metralla

 le dan arcadas.»

GLORIA FUERTES.

(I)Entierro

Como el cuervo barrunta la muerte.

Como el grajo aviva el invierno.

Vuelan sobre bellotas inertes

por encima de sus huesos.

Y más abajo durmiendo

en las Vegas del Guadiana

una niña entierra cuentos,

una madre inhuma nanas,

mientras el padre fabrica

un ataúd de pizarra.

 

(II)Dolor

Muñecas convalecientes.

Columpios con cien fantasmas.

La madre entierra a su hija.

Buitres devoran su alma.

 

(III)Soledad

Están tristes las encinas

ya no brotan las candelas.

Sus lágrimas son morfina

que envenenan con su pena

al sol y a la luna llena.

 

(IV)Exilio

¿De qué ha muerto mi hija?

-Se pregunta la madre extremeña-

Del dolor que causan bombas.

De la censura.

De ver morir el musgo putrefacto entre las rocas.

De ver morir de hambre a niños en Las Hurdes.

Del señorito que explota al labrador.

De ver campos de tabaco muertos

y tierras en barbecho sin pudor

mientras los relojes de arena se quedan sin tiempo.

De clepsidras ahogadas.

De mujeres condenadas

a  cocinar migas y zorongollos

mientras pasan la vida enclaustradas.

La bomba que cayó del cielo la mató.

De repente.

Así es la guerra.

Rápida, ruda, rugiente como un cáncer, irreverente, ruin, rabiosa.

Marchita.

Entiérrala debajo de la encina

para que broten con fuerza las candelas.

Para que la resina sea paz

y las abejas liben sabiduría

de las amapolas de los campos

y  la propaguen por todo Extremadura

y por el globo terráqueo.

Y los grajos volarán alto y así no habrá inviernos

sino primaveras.

Y nadie dirá que aquí yace un muerto

sino una princesa.

Y después vete lejos.

A Madrid o a Vilafranca.

Y vuelve a cantar nanas a tus otros hijos.

Y en verano volverás al pueblo

y volverán  los versos

a entrar por tu ventana.

                

 

(V)Renacer

Volverán a brotar las flores.

Volverán a reír las almas.

Cuando la muerte pasa

la vida vuelve con ganas.

 

 

 

De unicornios y corceles alados

Finalista II Concurso internacional de microrrelatos "Microfantasías" de la editorial Diversidad Literaria.

Madrid. 2017.

 

Dícese que en tiempos de unicornios y corceles alados,la escritora más célebre de cuentos fantásticos murió dejando inacabado uno de sus relatos.Años más tarde,su viudo abrió aquel cuaderno y de sus ojos emergieron lágrimas de tinta negra.Se deslizaron por el papel cual tempestad en el mar y mágicamente concluyeron el relato que ahora lees.A él le siguieron cientos de microfantasías.

 

La ciudad sin corazón.

Finalista II Concurso de microrrelatos de la Fundación Isekin y la editorial Diversidad Literaria.

Eibar. 2017.

El novelista escribía cuentos en La Ciudad Sin Corazón. Por cada letra escrita el Rey regalaba una moneda de oro a sus vasallos y estos, por cada cuento, donaban su corazón. Es así como La Ciudad Sin Corazón volvió a latir de nuevo. Las casas se llenaron de libros, las escuelas de ingentes bibliotecas y los hospitales se atestaron de donantes. Y todo ello gracias a los cuentos.

 

Una Mantis religiosa devora a su presa.

Finalista V Concurso de relatos Isonomia; organizado por la Fundación Isonomia de la Universidad Jaume I de Castellón y ACEN editorial.

Castellón. 2016.

Dolores es una anciana octogenaria cuya única afición es ver el noticiero por televisión.

Música de cabecera. Sección de sucesos. Una mujer muerta a manos de su compañero sentimental, y van treinta y cuatro en lo que va de año. Otra mujer despedida por quedarse embarazada. Una joven africana desangrada por la práctica de la ablación. Las niñas de un poblado indio no pueden ir a la escuela. Bullying a un niño en una escuela de Vilafamés por querer hacer ballet. Dolores se agazapa en el sillón, retuerce su hocico y hace como si no hubiese visto nada. Podría haberse levantado y gritar en la plaza alto y pelear por la igualdad entre personas. Pero se mantiene impertérrita. Apaga la televisión y sale a pasear con su perro como si nada.

Son las diez. Anochece en el monte. Dolores pasea entre sauces y lirios. A lo lejos, bajo el ciprés, una mantis religiosa devora a su presa. El perro de Dolores observa el ritual. Después de consumar el acto, la mantis inyecta las garras en su pareja, lentamente, como un puñal. Y lo devora como si fuera un caníbal. El can se agazapa en la hierba, retuerce su hocico y hace como si no hubiese visto nada. Podría haber soltado un ladrido o haber relamido las fauces del insecto para salvar al otro que yace moribundo. Pero se mantiene impertérrito.

 

Y es que va a ser cierto eso que dicen que, con el paso de los años, los perros se parecen a sus dueños.

Ciudad oculta.

Primer Premio I Concurso de microrrelatos Arcadia de la Fundación Agustín Serrate, mes de septiembre.

Huesca. 2016.

 

Charcos a destiempo en un fugaz otoño alimentan el musgo húmedo del empedradO

Incrédulas  hojas  caen bajo el magnolio.  Época de caldos y chiretas.  Y un leve tictaC

Ulula como el viento, se cuela entre los recios  muros de la catedral que esconden sU

Desnudez  con  piedras  macizas y  una  torre  campanario  lisiada  por  la Guerra CiviL

Anidan cigüeñas lejos de Huesca en invierno con el frío.  Época de ternasco y vermuT

Dime dónde está la gente cuando llega el frío.Sigilosos,duermen en su ciudad ocultA

 

 

 

 

 

 

El emigrante.

Segundo Premio XXIV Certamen de Poesía de Primavera de Les Clotes Luis Chamizo.

Vilafranca del Penedès. 2016.

 

Abriga la corcha al roble

para que el rayo no parta su savia.

Para que la guerra no contagie

la rabia

al árbol que yace

en medio

de la nada.

Esperando.

Y la dehesa se cubre de malvas

y crisantemos en vez de amapolas y pimpájaros.

Caen las bombas marchitas en el manto de huesos

enterrados bajo encinas y alcornoques

en medio

de la nada.

Esperando.

Y soldados con jachas de jierro

cortan jigueras y vidas.

Y corazones muertos.

Lloran las encinas

solitarias

bellotas como lágrimas formando charcos.

Vuelan cuervos, gorriatos y mochuelos,

bolindres en el suelo.

Caen derretidos párpados

en medio

de la nada.

Esperando.

Y vuelven a caer

rubíes sangrientos sobre el manto de helechos.

Antes eran cerezas brotando

del corazón de labradores,

ahora muertos.

¡Verde Extremadura siempre amordazada!

Y contempla el poeta a través de la ventana

parameras y altozanos,

mujeres destetadas entre sollozos sin nada que comer.

Niños huesudos en Las Hurdes y una -milana bonita-

volando

inocentemente a otro mundo mejor.

Y contempla el poeta a través de la ventana

parameras y altozanos,

jilbanando poemas tristes.

El emigrante guarda en su maleta recuerdos

y palabras castúas: se añurga con bochinches

de vino de pitarra.

Huele a jaras y a tomillo.

                                           Y le duelen las corvas y cotubillos.                                          

Demasiado tiempo en el camino.

Viaja el emigrante errante

de Guareña a Vilafranca,

descalzo.

Carcañales agrietados

en busca de tierras fértiles

donde broten uvas y oros.

Abriga la corcha al roble

que en invierno llega el frío.

Abriga la corcha al roble

que la guerra aún no ha pasado.

 

 

 

 

Radiografía de ciudad.

Primer Premio I Concurso de microrrelatos Arcadia de la Fundación Agustín Serrate, mes de marzo.

Huesca. 2016.

 

 

                                                                                                                                      cielo.

                                                                                                                                el

                                                                                                                   hasta

                                                                                                   escalan

La metrópoli se estira como el chicle. Los edificios

La hojarasca del Parque Miguel Servet se acumula en el filo de este rastrillo.

Y mientras la ciudad crece, la vida pasa. Los muertos

                                                                                                      descienden

                                                                                                                             al

                                                                                                                                  subsuelo.

 

 

El príncipe que se convirtió en rana.

Finalista V Concurso microrrelatos románticos ACEN. 

Castellón. 2016.

El príncipe colocó al gusano de seda entre sus labios y le besó.

Todos los personajes del cuento pensaron que aquella historia de amor les había hecho cambiar demasiado.

Ahora la rana y la mariposa bailan juntas en su charca.

El rojo del cerezo.

Primer Premio XV Certamen Cultural Ibérico Jóvenes Artistas.

Ayuntamiento de Cáceres y Fundación Camoes Portugal. 2015.

 

 

1.Lo que trajo la guerra.

En el platillo mugriento María mezclaba las semillas de vainilla, la leche, los huevos y la poca harina que quedaba. Introducía el redondísimo pastel en el hornillo y esperaba que las buenas noticias llegaran antes de que la levadura hiciera crecer la tarta. Pero las buenas noticias jamás llegaban.

A la tahona ya no acudían mujeres ni párvulos glotones. Eran tiempos de pan escaso y bombas. Cerezos taciturnos que parecían cipreses mirando al suelo. Hombres arrestados, los contrarios agonizando en el paredón. Viudas con una piara de niños malnutridos. Silencio. Demasiado silencio.

María no era una viuda como las demás. Tampoco vestía de negro, el luto lo llevaba en la sangre. Sangre roja ahora calcinada, como todas sus ideas, también del color de las cerezas. Dominación nacionalista. Ideologías bajo candado. Nadie podía alzar la voz. Historia de una guerra civil.

 

2. Tarta de cerezas

Había sido la mejor repostera de aquel pueblo antes de que llegara la guerra. Ahora solo quedaban cuscurros de pan duro, los que antes deglutían los cerdos. Cerdos que ahora ya no lo eran,más bien parecían galgos enfermizos que vagaban como zombis por las dehesas baldías.

María cerraba los ojos mientras la tarta de cerezas comenzaba a levitar. Añoraba tiempos en los que su pastelería se llenaba de clientes en busca de un buen manjar. Las perrunillas se zambullían en un mar de azúcar. Espolvoreaba las deliciosas galletas de mantequilla con almendras que parecían los diamantes de una reina. Repápalos de leche, turrones castuereños, sapillos con pan. Se creía jardinera cuando amasaba la harina introduciendo la masa resultante en los moldes con forma de flor, la tahona era un jardín de floretas anisadas, olor a violetas, agua de azahar, ramitas de canela que parecían troncos de árbol como de una selva. Las abejas libaban la miel que goteaba de las rosquillas del enorme escaparate de la entrada como si fueran lágrimas y los niños se dibujaban bigotes al mordisquear el pan con chocolate.

Fue entonces cuando cayó la primera bomba.

Y la tahona dejó de oler a violetas y a miel. Ahora solo olía a metralla. El escaparate era un espejo de cristales rotos que volaron sobre los pocos dulces que quedaban. Volaron esquirlas de cristal y guerra sobre los esponjosos bizcochos que ahora no eran más que pan mohoso y duro. La tahona de María se convirtió en un bunker de soledades y silencios, los mismos que habitaban en el pensamiento de su marido Miguel. 

 

3. Miguel el Rojo.

Miguel tenía la sangre tan roja como los cerezos que heredó de su padre. Su corazón bombeaba con fuerza a la izquierda mientras un batallón de soldados invadía su libertad. Llegó el invierno y con él todos los frutos quedaron putrefactos sobre el suelo. La dehesa parecía una ensalada de bellotas muertas y el cerezal un campo santo infestado de sangre. Color escarlata. Como el rojo del cerezo. La guerra todo lo tiñó del color de las picotas.

María se mantuvo unos minutos frente al cerezo más robusto de la finca. Se arrodilló ante él y les dijo a sus hijos en voz alta: “El rojo del cerezo es un rojo fuerte, siempre lo ha sido y siempre lo será. El rojo del cerezo guiará nuestro destino. Ahora es tiempo de colores grises y apagados, por ello nos iremos muy lejos de aquí. Pero recordad, hijos míos, que el rojo del cerezo siempre permanecerá intacto en este cerezal, y cuando volvamos aquí estará. Nunca olvidéis el rojo del cerezal”.

María guardó en su maleta todas sus recetas y cada uno de sus silencios. Montó a sus tres hijos sobre la mula y a los pocos días ya estaban en un vagón con destino a Francia.

 

4.La boulangerie de Burdeos.

Burdeos parecía una larguísima e infinita boulangerie. En la calle principal los panes se agolpaban en las cristaleras como tiempo atrás los dulces de María lo hacían en su pastelería. Se plantaron frente a una tienda de grandes ventanales de madera y tras los enormes panes que parecían gigantes tambores de guerra, leyó en voz alta:

“Se busca repostera. Pasen y pregunten.”

Pasó los años amasando harina y recuerdos, los que le habían traído la guerra. Los niños se europeizaban y aprendían francés mientras ella se aprendía de memoria todos los tipos de pan de aquella panadería: pain de mie, pain de champagne, baguette, brioche.

Su vida ahora era una fábrica de aromas, sus recuerdos olían a azúcar de caña y sus besos eran de chocolate y fresas. Volvía a cerrar los ojos mientras las tartas crecían voluptuosamente sobre los moldes que yacían inertes en los grandes hornos de la panadería. Cocinaba a fuego lento el jarabe de cerezas que salía humeante de los fogones. Y así se convertía en la repostera más famosa de toda la ciudad.

Sus tartas de cerezas se reproducían a lo largo de Burdeos. Las guindas adornaban aquellos bizcochos esponjosos como nubes y el rojo de las cerezas se volvía a hacer presente en su vida. Y el pasado volvía mientras se enmendaba batiendo huevos y harina, volvía a recordar las largas tardes de domingo en la finca con Miguel, bajo el manto espeso y blanquecino de la flor de los cerezos, como si fuera el velo de una novia. Pero después llegó la guerra y con ella la muerte. Apresaron a Miguel y más tarde lo colgaron de una encina mientras ella seguía cocinando en la tahona.

Después vino todo lo demás. María ocultó a sus hijos la muerte de su padre, lo enterró bajo el cerezo más robusto de toda la finca y escapó muy lejos de allí, muy lejos de aquel hombre al que llamaban “el Rojo”.

Huesos bajo tierra, lápidas sin nombre. Historia de una España dividida en dos. Niños huérfanos. Lo que trae siempre una guerra.

 

5. Guindas escarlata.

María cocía a fuego lento el jarabe de cerezas. Vertía un chorrito de vainilla y tres cucharadas de azúcar y cuando el mejunje comenzaba a hervir lo echaba sobre el bizcocho recién horneado. Volvía a repetirse la estampa de años atrás. La boulangerie se llenaba de cruasanes brillantes como lingotes de oro, olor a crepes de nata y chocolate, macarons que parecían platillos volantes de colores con los que jugaban los niños. Y al fondo, bajo el enorme espejo de cristal, la obra maestra de María: su rojísima tarta de cereza. La boulangerie se llenó de pasteles con guindas bermellón a sus lomos, parecía una joyería con rubíes escarlata. Y la tienda seguía abarrotada mientras María triunfaba en Burdeos.Cómo cambia la vida.

 

***

6. Orígenes.

María ha cumplido ochenta años. Apenas puede ver y sus huesos están tan entumecidos que apenas puede arrastrarse cuando camina. Aún le quedan fuerzas para cocinar. Ha desarrollado tanto el olfato que le sobra vista siendo casi ciega. Conoce la receta de su obra maestra mejor que a ella misma. Recita en voz alta los ingredientes como si fuera una canción de amor. Para ella la cocina es una declaración de amor y las recetas, bonitas cartas hacia un destinatario invisible que no es más que su comensal.

Tarta de cerezas.Chansond´amour.

-1 huevo/50 gramos de mantequilla/40 gramos de azúcar/50 gramos de harina/100 ml de leche/Azúcar glas/Tres gotas de extracto de vainilla/330 gramos de cerezas deshuesadas.

Ahora da órdenes en la mejor cadena de pastelerías del mundo. La sede está en Burdeos y van a abrir una tienda muy cerca del lugar donde asesinaron a Miguel.

El hecho es todo un acontecimiento. Han adornado las calles del pueblo con banderines de colores y los hombres y mujeres han cocinado dulces típicos. Apenas han cambiado a los que María cocinaba en el treinta y seis. Enormes bandejas con perrunillas y floretas fritas. Rosquillas que parecen pulseras de azúcar y manzanas de caramelo.Los cerdos vuelven a ser cerdos y las dehesas, escenarios donde el verde lo tiñe todo con sus robles que parecen titanes que enamoran a encinas como diosas.

Esta vez va a escribir la carta de amor más bonita, la que no pudo entregar a su amado Miguel. Es una receta mejorada de su famosa y laureada tarta de cerezas. Todos aguardan expectantes.

 

 

7. Debajo del cerezo.

Debajo del cerezo aguarda el rojo más puro. María está casi ciega pero tiene la memoria de elefante. Aún recuerda la frase que dijo a sus hijos cuando abandonaron el pueblo.

Aquel cerezo sigue en pie, algo más viejo pero aún manteniendo su rojez, algo debilitado, un rojo suave, acaso enfermizo. Ella ya no lo puede ver.

Uno de sus hijos se acercó a María y le preguntó:

-Madre, ¿recuerda lo que nos dijo cuándo marchamos de aquí?

-Claro que lo recuerdo hijo. María volvió a repetir aquellas palabras de antaño.

“El rojo del cerezo es un rojo fuerte, siempre lo ha sido y siempre lo será...”

“Recordad, hijos míos, que el rojo del cerezo siempre permanecerá intacto en este cerezal, y cuando volvamos aquí estará. Nunca olvidéis el rojo del cerezal”.

-Pero madre, el rojo del cerezo apenas guarda su color. Ahora es un árbol viejo.

María se puso en pie y con una lágrima cayendo por su rostro dijo bien alto.

-El rojo del cerezo no habita en las hojas del árbol, ni tan siquiera en el color de sus frutos. No me refería al árbol sino a alguien que aquí reside. Vuestro padre murió aquí, junto a este cerezal. Lo mató el bando contrario, se lo llevó la guerra.

El rojo del cerezo hoy brilla más que nunca. Porque gracias a él permanecimos unidos, lejos de ideales y de contrariedades. Él nos lo dio todo y ahora, tantos años después, nosotros le daremos lo que a él le quitaron.

 

8. Cien gramos de perdón.

“…Y no guardo rencores a quien le quitó la vida. Miguel el Rojo, mi marido, el padre de estos tres hombres que crecieron lejos de su raíz. Hoy volvemos a aquí. Nos fuimos con una mano delante y otra detrás. La metralla hizo añicos mi tahona, aquella en la que aprendí a hacer la tarta de cerezas más buena del mundo. A la nueva receta añado litros de paciencia y cien gramos de perdón. Porque los dulces no son dulces si habitan los rencores. Rompamos nudos, tendamos puentes. Y que la guerra no vuelva a quebrarnos. Es mi chanson d´amour. El rojo del cerezo yace aquí debajo, en la raíz del árbol viejo".

Barcos de celulosa.

Primer Premio Concurso de microrrelatos Ilumináfrica.

Zaragoza. 2015.

 

Barcos de celulosa cargados  de apátridas sin pan,  relojes carentes de tictaC.

Almas con hambre, miradas vacías de todo y llenas de nada. Una veintena dE

Remeros pugnan con las olas en busca de vida. El mar es un espacio abismaL

Carente de fronteras, los peces sí nadan libres.¿Por qué soy como un espíritU

Onírico buscando libertad?Se preguntaAsaf mientras su piel se va secando aL

Sol. Labios agrietados como la tierra árida que deja atrás: África. Y el EstrechO

De Gibraltar con mil banderas de esperanza.Asaf, moribundo, escucha sirenaS

En su barco de celulosa, se va hundiendo, despacio. Despierta Asaf, despiertA.

Esencias.

Ganador concurso twitter diario ABC de microrrelatos de Navidad.

Madrid. 2015.

 

Y encontró el significado de la Navidad en aquel microrrelato. Las mejores cosas siempre están en esencias pequeñas.

Siete Besos.

Primer Premio IV Concurso microrrelatos rómanticos ACEN.

Castellón. 2015.

Siete besos,  siete.  Los  únicos  que nos quedaban.  El primero bajo el  baobaB.

Intentaste robarme el segundo bajo la luna de Madagascar,nuestro último viajE.

El tercero siguió al cuarto,  al quinto y al sexto. Todos seguidos, como escenaS

Teatrales de amor en una obra de Shakespeare.  Amor, mucho amor, lo únicO

Existente el día que me dejaste.  Un ataúd,  el séptimo beso y el último adióS.

Todas las cosas bellas que me decías.

Premio Votación Popular concurso "Los microrrelatos son para el verano" www.diarioarganzuela.com

Madrid. 2014.

 

Se cumplían exactamente tres meses y dos días del fatal desenlace. Fabio me había dejado, casi sin avisar, por aquella terrible enfermedad.

Como si nada hubiese ocurrido, abrí Facebook desde mi iPad, máquina solitaria que me mecía entre palabras de seres cibernéticos. Escribí en su muro a sabiendas de que nunca podría ver su contestación.

“Amor, cada vez que recuerdo tus labios, invisibles hoy, encuentro nuevamente esa sensación de abrazo, como rumor de violín. Te miraba, me mirabas. Nos abrazábamos fuertemente desde nuestro apacible ático del paseo de los Melancólicos como si fuera la última vez. Tú ya lo sabías, te estabas empezando a ir, pero no te atrevías a decírmelo, solo me abrazabas. No sabes cuánto echo de menos tu mirada. Siempre te amaré.”

El móvil sonó, abrí Whatsapp y fue entonces cuando descubrí que el amor puede traspasar auténticas fronteras, hasta la de la muerte.

“Amor mío, yo también echo de menos tu mirada. Te amo. Fabio.”

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